Preparar un viaje de dos meses a Europa no es cosa fácil cuando lo único que quieres hacer es dormir y vomitar y cuando te vas dando cuenta que los tres armarios enormes que tienes llenos de ropa no sirven de nada porque desde hace unas semanas estás más caderona y más ancha de todos lados.
Empacar fue una tortura, el "¿qué me llevo y qué me pongo?" no eran más una cuestión de vanidad sino de simple practicidad: "¿me queda ahorita y me quedará en dos meses o no?". La respuesta: mi guardarropa resultó inútil ante el hecho de que cada día me inflo como si me hubieran puesto Royal.
Por otro lado, tenía a todo mundo tras de mí esperando a ver si no me arrepentía a la hora de la hora, aunque yo no entendía porqué habría de arrepentirme si no estoy lisiada ni enferma ni mucho menos. Si tantas mujeres en el mundo trabajan en el campo de sol a sol con semejantes panzas ¿por qué no me iba a ir yo de turista a Europa? Ridículo el nivel de "chipilez" al que llegan algunas embarazadas... yo no, como si no me conocieran y supieran que lo mío es hacerme la machita y llevarle la contra a todo mundo.
Claro que el hecho de que me quedara dormida a las 7 PM todos los días y que pasara el resto de mis días volviendo las entrañas y haciendo cara de asco ante cualquier sustancia comestible no ayudaba a la percepción que los demás tenían acerca de cómo me iba a ir en el viaje, pero yo no me rajé, nada más dejé la empacada para dos días antes del viaje, algo completamente inusual en mí (aunque sí hice lista de empaque y todo).
Así que armada de mis vitaminas prenatales, bolsitas para el mareo en todos lados, jeans y capris con resorte en la panza, zapatos cómodos, mi pasaporte, todos mis ahorros de cinco años y mi fabuloso libro "What To Expect When You're Expecting", me dispuse a irme a Chicago el sábado 6 de junio por la mañana a recoger a las Chilindrinas, portando, para que no hubiera equivocaciones por parte de la gente, una playera que decía "I'm not fat, I'm pregnant!!"; el resultado: pasé cinco horas en el cuarto de hotel de ellas y sus papás dejando que me sobaran la panza... el que una no se ponga tan chípil no implica que rechace los apapachos.
Por la tarde, tomamos el avión rumbo a París... la odisea había comenzado.
Empacar fue una tortura, el "¿qué me llevo y qué me pongo?" no eran más una cuestión de vanidad sino de simple practicidad: "¿me queda ahorita y me quedará en dos meses o no?". La respuesta: mi guardarropa resultó inútil ante el hecho de que cada día me inflo como si me hubieran puesto Royal.
Por otro lado, tenía a todo mundo tras de mí esperando a ver si no me arrepentía a la hora de la hora, aunque yo no entendía porqué habría de arrepentirme si no estoy lisiada ni enferma ni mucho menos. Si tantas mujeres en el mundo trabajan en el campo de sol a sol con semejantes panzas ¿por qué no me iba a ir yo de turista a Europa? Ridículo el nivel de "chipilez" al que llegan algunas embarazadas... yo no, como si no me conocieran y supieran que lo mío es hacerme la machita y llevarle la contra a todo mundo.
Claro que el hecho de que me quedara dormida a las 7 PM todos los días y que pasara el resto de mis días volviendo las entrañas y haciendo cara de asco ante cualquier sustancia comestible no ayudaba a la percepción que los demás tenían acerca de cómo me iba a ir en el viaje, pero yo no me rajé, nada más dejé la empacada para dos días antes del viaje, algo completamente inusual en mí (aunque sí hice lista de empaque y todo).
Así que armada de mis vitaminas prenatales, bolsitas para el mareo en todos lados, jeans y capris con resorte en la panza, zapatos cómodos, mi pasaporte, todos mis ahorros de cinco años y mi fabuloso libro "What To Expect When You're Expecting", me dispuse a irme a Chicago el sábado 6 de junio por la mañana a recoger a las Chilindrinas, portando, para que no hubiera equivocaciones por parte de la gente, una playera que decía "I'm not fat, I'm pregnant!!"; el resultado: pasé cinco horas en el cuarto de hotel de ellas y sus papás dejando que me sobaran la panza... el que una no se ponga tan chípil no implica que rechace los apapachos.
Por la tarde, tomamos el avión rumbo a París... la odisea había comenzado.

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